miércoles, octubre 06, 2004

LOS NIÑOS NO SOMOS TONTOS

En la pared de la tienda de Doc, el inventor (que sabe dios en qué parte del mundo se encuentra), hay un pequeño agujero. Doc ni siquiera lo sabe, pero su perro Sprocket no le quita ojo. A través del agujero, después de pasar el túnel, escondido de nuestra realidad, se encuentra un lugar lleno de brillantes cuevas y cristalinos lagos: Fraggle Rock. Aquí conviven en aparente armonía los fraggles y los diminutos currys, aunque los esfuerzos titánicos de los segundos por levantar edificios de cristal sean vistos por los fraggles como un mero tentempié. Una de las mil galerías de Fraggle Rock da acceso a campo abierto, pero hay que andarse con cuidado. Es nada menos que el jardín de los gorys (una extravagante familia real de gigantes), que aguardan -sobre todo el "pequeño" Junior- a poder cazar algún fraggle, su pasatiempo favorito. Pero de vez en cuando merece la pena arriesgarse en ese jardín, porque allí habita la Señora Basura, un gran montón de deshechos parlante, que hace las veces de oráculo/líder ideológico para los fraggles. Un día Matt, un aventurero fraggle al que su hogar se le ha quedado pequeño, decide salir a explorar nuestro mundo -el "espacio exterior", como ellos lo llaman-, pero acuerda enviarle a su sobrino Gobo (el protagonista de la serie, junto con otros cuatro fraggles) postales periódicamente. Así empezó todo.



A finales de los 70 (ha llovido ya) Jim Henson (creador de Barrio Sésamo y Los Teleñecos), un gran genio irreconocido -aún- del cine y la TV, tuvo la idea de crear una serie (no un programa, como los anteriormente citados), que, según sus propias palabras, "enseñase al mundo a vivir en paz". La idea fue desarrollándose en Inglaterra durante los primeros 80, y tras bombardeos de ideas, reescrituras constantes de guiones, y búsqueda interminable de un buen estudio donde construir el plató para el rodaje, en 1983 comenzó la emisión original de una de las mejores series infantiles de la historia. Fueron en total 96 episodios de una media hora, que se prolongaron hasta 1987. Luego llegaron las reposiciones, regulares hasta el año 90, más o menos (en España quizá un poco más) y, después, Fraggle Rock se perdió en el olvido para siempre. Es una pena. Porque el señor Henson consiguió hacer un espectáculo divertidísimo (allí estaba yo todas las tardes sin perderme un episodio), y más que eso: Los fraggles comían los edificios de los currys antes de que estos se quedasen sin más espacio; los gorys cultivaban los rábanos que servían para hacer estos edificios, y los fraggles se jugaban la vida para recolectarlos; hasta en la basura había sabiduría... Lo consiguió: había creado una serie sobre la paz, la sostenibilidad de las sociedades, la importancia de cada individuo, la convivencia entre varias razas. Cómo un producto americano podía lanzar al mundo estas estrellas de peluche, una suerte de cruce entre comunismo y movimiento hippy, es aún un misterio. El hecho de que al final se produjese en Canadá, habla por sí solo. No estaría de más recuperar (en el horario que ahora ocupan engendros como A tu lado o El diario de Patricia) series como ésta, que entretienen y educan, pero de verdad. No sólo los niños lo agradecerían. La pequeña franja de la parrilla que queda dedicada a los más pequeños ya sólo la pueblan muñecos oligofrénicos que cantan canciones para irse a la cama, o estrellas del anime japonés que no hacen otra cosa que darse de hostias. Y lo contentos que nos poníamos cuando escuchábamos la sintonía de los fraggles (que nadie de mi generación podrá olvidar)... Qué ganas de volver a viajar al otro lado de la pared.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Me encantaba esa serie. Y nunca me había dado cuenta de su verdadero contenido hasta que te he leído.
Estaría bien que volvieran a emitirla. Seguro que algún capítulo me tragaba de nuevo.
Y no... esa melodía no se puede olvidar: "Vamos a jugar...tus problemas déjalos...para disfrutar...ven a Fraggle Rock!"

Someone

8:39 p. m.  

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