lunes, febrero 28, 2005

MO CUISHLE!

Estoy bastante satisfecho con el desarrollo de acontecimientos en la septuagésimo séptima edición de los premios Oscar. Y eso que me fui a la cama a las seis y media. Un caso como el de este año es rara avis, pero afirmo con alegría que la mayoría de los premios han ido a parar a manos de quien más los merecía. Así, la gran triunfadora de la noche fue Million Dollar Baby, que noqueó a rivales tan potentes como Descubriendo Nunca Jamás o Entre Copas. El veterano Eastwood ha filmado una obra maestra, y los académicos no han tenido otra que olvidarse de "ambigüedades morales" del film y dejar a un lado a los magnates hollywoodienses de ayer y hoy. Aparte de peli y dirección, actor secundario para Morgan Freeman y actriz principal para Hillary Swank (esta vez no arrebatado a Anette Bening).



El Aviador tampoco se fue de vacío. Cuatro estatuillas técnicas e indiscutibles, y una más dudosa a la mejor actriz secundaria para Cate Blanchett, que no sabemos si homenajea, imita o parodia a Katharine Hepburn. Cómo no, no hubo Oscar para Scorsese -y es que la gran rareza de este año es que se incumplieron las reglas de la compensación que tanto les molan a los americanos-. La película tiene una gran dirección, pero podemos -y queremos- esperar más del hombre que nos presentó, hace ya casi treinta años, a Travis Bickle.
Pregunta: ¿se merecía Jamie Foxx el premio al mejor actor por su interpretación de Ray Charles? En fin, sabemos que cuenta mucho el que lleve los ojos cerrados y cojee durante toda la película... y además está lo de ser negro. No se si me explico, pero la audiencia de Brooklyn subía mogollón cada vez que salía Chris Rock a escena.



Al pobre Jorge Drexler no le dejaban cantar su canción, Al Otro Lado del Río ("no lo conoce ni el tato y nos vamos a quedar sin audiencia", pensarían los mandamases de la ABC). La tuvo que "interpretar" Antonio Banderas, pero todo cambió cuando el tema ganó el premio que tanto se merecía: el autor subió, se marcó un par de estrofas y se quedó mas ancho que largo. Peor lo tuvo que pasar Christophe Barratier viendo como Beyoncé convertía la canción de sus Chicos del Coro en una pieza digna de "Popstars".
La cara habitual de chulofutbolines de Nacho Vigalondo se le congeló cuando el Oscar al mejor corto fue a parar a vete tú a saber quién. Eso sí, teniendo en cuenta las pretensiones que 7.35 de la mañana podía tener cuando se gestó, estar allí junto a Jeremy Irons ya era premio suficiente, aunque suene a topicazo.
Amenábar, por el contrario, ya olía premios cuando escribía en Madrid junto a Mateo Gil Mar Adentro. Que era el ganador estaba cantado, sobre todo cuando supimos que entregaba el premio Gwyneth Paltrow, reciente hija adoptiva de Talavera de la Reina. "Espania! Mar Adenchrou!" gritó la mujer mientras Alejandro y Bovaira esprintaban por el teatro. No pudo ser con la otra categoría, y el maquillaje se fue para Una Serie de Catastróficas Desdichas, que no se quedaba a la zaga en calidad.



El resto de los premios, equitativos y bastante correctos. Una de mis pelis de culto del año (Eternal Sunshine of the Spotless Mind) vio reconocida la calidad de su guión original, y, cómo no, Los Increíbles se convirtió en el mejor largometraje animado. De alfombra roja, vestidos y protocolo, podéis informaros en Corazón de Invierno, porque a mí pocas cosas me llamaron la atención (con la excepción quizá de las inmensas tetas lactantes de Julia Roberts).
Un gustazo una ceremonia como la de ayer. Breve (sólo tres horas), ágil, y más castellanoparlante que nunca. No me lo recordéis, ya se que el mejor cine no es el que está en los Oscar... pero la mejor tele no es la de Crónicas Marcianas y lo ven millones de personas cada noche. Esto, por lo menos, es sólo una vez al año.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Chulofutbolines! ja! ja! Me encanta!

Soy Nacho.

8:46 p. m.  

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