domingo, marzo 20, 2005

SHI MIAN MAI FU



Emboscados desde Diez Direcciones es la traducción literal del título del último hit mundial del cine chino. Para los países occidentales, con sus lenguas mucho menos simbólicas, la cosa se ha quedado en La Casa de las Dagas Voladoras. La llamemos como la llamemos, es una de las películas más bellas de los últimos años, y punto. El director, uno de los mejores del cine asiático actual: Zhang Yimou. Nos tenía acostumbrados a sus pequeñas películas costumbristas del tipo de La Linterna Roja o El Camino a Casa, en las que de forma magistral contaba preciosas historias de amor a la vez que mostraba el estilo de vida de la China más profunda, bien fuese en la actualidad o en los primeros años de Mao. Pero él nunca lo había ocultado: era un admirador y estudioso del cine de artes marciales, y uno de sus sueños siempre fue marcarse una película de espadachines, puñetazos y honores mancillados. El año pasado lo consiguió con Hero, una liosísima historia medieval de guerra, en la que, para más inri, el mismo actor interpretaba dos papeles distintos (pues como son fáciles de distinguir los chinos...). La película (que en EEUU sorprendentemente reventó taquillas) se podía mejorar y mucho, pero visualmente era todo un pastelito.
Y resulta que el genio irrefrenable de Yimou, al concluir el rodaje de Hero, ya tenía otra idea. La película fue bien de recaudación, así que, al producirse él mismo, no tenía ninguna limitación para filmar esta nueva historia. Fue así como se embarcó en el rodaje de La Casa de las Dagas Voladoras, que se estrenaría a mediados del 2004.



China, 859 d. C. La otrora gloriosa dinastía Tang atravesa sus peores momentos, gobernando con descuido y corrupción. Cantidad de ejércitos paralelos están surgiendo para acabar con esta situación. El más misterioso -y eficaz- es el conocido como "casa de las dagas voladoras". Dos soldados del ejército oficial intentan averiguar más sobre esta formación, para lo que buscan a la misteriosa bailarina ciega Xiaomei -que esconde más de lo que cuenta. Pero puede que uno de los dos pertenezca a las dagas voladoras, y todo se complica cuando ¡sorpresa! el perseguidor se enamora locamente de la perseguida, y viceversa. Para hacer honor a la verdad, diré que la historia es tonta a ratos, poco más que un hilo conductor para una sucesión de luchas, danzas, geniales duelos interpretativos en los que se sustenta la peli. Es ahí donde reside todo su atractivo, como ya he dicho. En la belleza: el color, las localizaciones, las coreografías (del baile o de las peleas), de la música, de descubrir, a mitad de película, que estamos frente a una fábula épica, y que la histora (tan sobrecargada de giros y moralejas, que a veces causan hilaridad en el racionalista occidental) no es más que un cuento sobre el amor, el honor y la muerte. Si quieres disfrutar de la película más intensamente, es necesaria una suspensión inicial de la incredulidad. Belleza también la de Zhang Zhiyi, actriz fetiche de Yimou, y de sus dos acompañantes (Andy Lau y Takeshi Kaneshiro), para los que creen que no hay chinos guapos. Tres escenas hay en la película (al principio, mitad y final del metraje) que son verdaderos clímax de lo impresionista: la danza con la espada, la batalla en el bosque de bambú y el cara a cara en la nieve. No dejéis de ver esta película, vuestro buen gusto lo agradecerá y aumentaréis la cuota de público del cine asiático, que tanto éxito tiene en festivales y tan poco en multisalas. ¿Quién da más?